[ilink url=”http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/04/05/actualidad/1333621468_504614.html”]Publicado en El País[/ilink]

 

Nació “con suerte” y pelea para que su excepción sea la regla. Olayinka Koso-Thomas (Abeokuta, Nigeria, 1936) lleva décadas de lucha contra la mutilación genital femenina, una práctica endémica en 28 países de África incluido el suyo de adopción, Sierra Leona. Por eso, esta médica recibió el premio Príncipe de Asturias de Cooperación en 1998. Por eso, no tira la toalla en una guerra “lenta y dura” contra una de las muestras más infames de la desigualdad.

La “suerte” de Koso-Thomas fue llegar al mundo en una familia de religión anglicana: “Eso me salvó de ser mutilada”. La suerte, también, le permitió otra excepción: estudiar en una universidad británica. Con el diploma, se instaló con su marido sierraleonés en Freetown. En su trasiego por los hospitales, envuelta por el dolor de las mujeres, empezó a hacerse preguntas. ¿Por qué las infecciones, las sangrías, los daños psicológicos y hasta las fístulas obstétricas que provocan incontinencia urinaria y se castigan con el ostracismo de la víctima? Por la mutilación genital femenina. Esa era la respuesta.

Koso-Thomas, cuyo nombre de pila significa “rodeada de honor y riqueza” —“de lo segundo, nada”, dice riendo— empezó la lucha en solitario. En 1984 logró el apoyo de Naciones Unidas para actuar contra esta práctica “tradicional, no religiosa”. De ello ha hablado en el II Encuentro de Mujeres que Transforman el Mundo, en Segovia.

“Hay tradiciones buenas, como dar el pecho a un bebé durante año y medio, y tradiciones malas, como la mutilación. Esas hay que cambiarlas”, plantea esta doctora cuya organización, Comité Interafricano de Prácticas Tradicionales que Afectan a las Mujeres, recorre las aldeas para forzar el cambio de costumbres. “Pedimos permiso al jefe del poblado para hablar de salud. Cuando logramos reunir a las mujeres solas, les hablamos contra la mutilación”, relata. Pero en ellas suelen encontrar incomprensión. “Creen que no casarán a sus hijas si no les hacen ablación”, explica. Además, la dote será mayor por una mujer mutilada: “También es un negocio”.

Hay que convencer a los hombres, a las mujeres, incluidas las parteras, y a las sociedades secretas que alientan esta práctica “asentada en el poder de los hombres sobre las mujeres”. “Ellos quieren controlar nuestras vidas. Se creen que son regalos de Dios para nosotras y disfrutan sometiéndonos. Las mujeres deberían disfrutar con el sexo y tener orgasmos, pero entonces los hombres no controlarían su sexo”, detalla esta feminista que elogia los pequeños platos del menú. No deja miga en el plato y anima a su interlocutora a que coma. Recobra el humor al resumir: “Los africanos creen que las mujeres solo valen para las tres b: babies, bed and breakfast (niños, cama y hacer el desayuno)”.

“Es más difícil ser mujer en África que en Europa”, reflexiona. La diferencia la marcan “la libertad y la educación”. En esta última confía Koso-Thomas para lograr que “en 2025” la ablación sea algo residual. “Si se acabó con el vendaje de pies de las niñas en China, ¿por qué no acabar con la mutilación genital en África?”.

 

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